El político: hombre libre, hombre de cambio
El político tiene que ser un hombre libre. Paradójicamente se ve obligado a gobernar individuos y sociedades, pueblos, que o no son libres o no quieren serlo; gobierna sobre electores agobiados por impuestos e hipotecas, paro e inflación, leyes y delincuencia…; gobierna sobre vecinos atemorizados por ansiedades e inseguridades ante el futuro incierto... No obstante, es esencial que el político haya descubierto por sí mismo la libertad, esa libertad que todos los ciudadanos necesitan compartir a un mismo tiempo. O es completamente libre o sencillamente será un esclavo, un siervo de las pasiones propias y ajenas, otro tirano a sueldo, otro demagogo barato, otra marioneta de los poderes fácticos y grupos de presión.
El interés del político por la libertad, por la investigación y el descubrimiento de la libertad, no puede ser meramente discursivo o intelectual. Tiene que ser el resultado de una preocupación activa en su vida personal: sabe que la libertad forma parte de su carácter y que es el elemento constitutivo del criterio que le lleva a discernir entre aquello que es verdadero y lo que es falso.
La libertad es condición del cambio político. Sin cambio constante sólo sobreviene la perpetuación en el poder de un régimen que más temprano que tarde sucumbe; pero los cambios siempre llegan: si el cambio es tardío, anquilosará a la sociedad y a la larga precipitará violencias innecesarias. Los pueblos suelen ser lentos en los cambios, pero lo hacen gradualmente y en profundidad. Las masas cambian repentinamente, de acuerdo a modas y propagandas, condicionadas por grupos que ambicionan el poder; gritarán rey, república, anarquía o general con igual vehemencia tanto en calles y columnas de prensa como en las urnas, pero sus cambios son tan superficiales y efímeros que en el fondo todo sigue igual pareciendo haber cambiado.
Es el político el que tiene la responsabilidad moral del cambio. Da testimonio público de que se ha producido una transformación definitiva dentro de sí, en su intimidad. Y avisa que el cambio va a llegar a cada elemento de la vida ciudadana y al corazón de la vida de cada ciudadano en particular. ¿Qué es cambiar? Cambiar no es hablar o pensar de un modo distinto. Cambiar es un pensar, un decir y un hacer completamente distinto. Por esa razón tiene que haber experimentado la libertad, porque es necesario que el político esté libre de miedos, bondades y maldades originales.
No es el político un educador de masas, no nos equivoquemos, esa no es su tarea (ni es un maestro ni es un manipulador). El político aprende con su pueblo a descubrir la libertad, a investigar los caminos de la libertad. No dice al ciudadano lo que tiene que hacer, no esconde a la opinión pública nada de lo que él hace. Establece un tipo de relación política totalmente renovada: estamos gobernando, no siendo Vds. gobernados por mí, Vds. no pueden desentenderse, tienen que ocuparse de esto como yo lo hago cada día. Despierta las energías dormidas del pueblo, para que todo sea hecho por, con y para el pueblo. Durante este proceso, el político no se limita a ocupar el poder, cuando llega a él lo rebota de nuevo hacia su origen: la soberanía popular. Hace a diario que la democracia se haga.
La ciencia política ha acumulado un saber impresionante. Cuando el político se enfrenta ante un problema acude al análisis, a la estadística, al saber acumulado, al consejo técnico, a la experiencia…y fiando de ello aplica las mejores fórmulas y remedios a los viejos problemas de siempre (que para mayor abundamiento suelen presentarse como insólitos). Pero cuando el político se enfrenta a nuevos retos, a problemas totalmente nuevos, entonces no valen de nada las viejas recetas, ni la repetición de antiguos patrones, ni el estudio de los libros. Es el momento en el que precisa del concurso de todos, de la participación de cada ciudadano con su ingenio, su habilidad, su destreza, su inteligencia… Todos puestos en el interés común: capital y trabajo, ciencia y técnica, cultura y arte, religión y laicidad… Sin que ninguno de sus autoritarismos logre imponerse sobre los demás, porque entonces se impone un modelo patrón, y al suceder esto todo el proceso de cambio quedaría abortado, la sociedad entera seguiría funcionando maquinalmente incapaz de innovar. Es así como se coarta la libertad.
Como el ciudadano no es libre y se muestra proclive a sujetarse a dictados autoritarios (y si no se somete, como mucho sólo se rebelará contra la autoridad, incapaz de comprender que la autoridad es necesaria y el autoritarismo prescindible), la función del político no puede ser otra que la de suscitar el aperturismo político y el consenso: en la resolución de los nuevos problemas participamos todos, no sólo los de mi partido o los de mis intereses, todos, regladamente, con el respeto debido a la jerarquía de los más capaces o mejor dotados, pero todos. Así pues ¿qué hará el político para protagonizar con el pueblo ese cambio?
Observa cómo funcionan la sociedad y las instituciones. La institución funciona de manera mecánica, su actividad está regulada por rutinas y procedimientos. Nunca descansa, en cada uno de sus actos procura protegerse; es lógico que así sea, en caso contrario se autodestruiría. Por eso establece un sistema de seguridad basado en el manejo de información exhaustiva sobre cada caso que se le presenta y se presta a obedecer las órdenes de los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales; y por eso levanta toda una Administración Pública y toda clase de organismos laborales, académicos, diplomáticos, policiales, etc. que funcionan de acuerdo al procedimiento y derecho administrativos. Pero el caso es que su mecánica termina condicionando la vida social y acaba también por condicionarse a sí misma y llega un momento en el que se colapsa la propia sociedad.
Si el político llega a ser capaz de observar con agudeza y claridad las instituciones sociales y la administración pública, se dará cuenta de cómo funciona la sociedad: toda convivencia tiende a ajustarse a un patrón predeterminado, durante el ajuste se va dejando poco margen para la libertad y casi ninguno para la espontaneidad. Dicho patrón surge en principio para favorecer a la propia libertad, pero progresivamente se convierte en su principal obstáculo. Esa observación misma le hará comprender que más allá de los patrones obstaculizadores que limitan, paralizan o colapsan lo social, hay un aprendizaje político que permite descubrir acciones institucionales que no supongan una nueva servidumbre para el ciudadano.
El político, al tomar la iniciativa política, sabe que el pueblo es el protagonista de su propia historia y advierte que el ciudadano se mostrará proclive a delegar en el político, a desentenderse, a dejarse llevar por la autoridad del gobernante, se presente en cada época histórica bajo la imagen que se presente. Es necesario que sea así en asuntos de carácter pragmático, en las cuestiones de orden práctico (organización fiscal, servicios públicos, defensa, aduanas…); pero no es conveniente que esto suceda en el terreno de los valores, derechos, libertades, ideas…, es por esa claudicación por donde los sistemas políticos comienzan a consolidarse como regímenes.
El ciudadano comienza a conducirse de este último modo en épocas de incertidumbre e inseguridad. Siente miedo a lo que pueda pasar, a lo desconocido, y hace como que no puede convivir con sus vecinos sin que una parte fuerte de lo social se erija en autoridad suprema sobre las otras. Desequilibra la balanza de autoridades y permite que todo el peso de lo político recaiga sobre un solo eje autoritario. Nace así la dominación, se establece así el dogmatismo y no tardará en aparecer la discordia y el enfrentamiento. El odio se organizará bajo la forma de oposición y comenzará a buscar situaciones que le permitan justificar el propio malestar creando malestar. Se entra así en el vaivén de la historia, del que poco o nada se aprende. Y en ese estado se dejar vivir el ciudadano, sin que quede apenas lugar para que se vuelva a recobrar el buen sentido del valor de la autoridad.
¿Cómo es posible que el ciudadano se entregue al autoritarismo y ponga así en peligro la autoridad? Por un lado porque hay ausencia de políticos que se percaten a tiempo de esta tendencia social autodestructiva. Por otro porque el ciudadano, al dejarse llevar, al inhibirse, al delegar, al entregarse, no saca enseñanza o aprende poco de cada una de las demandas sociales que en cada circunstancia plantea. Tiene el ciudadano que realizar un esfuerzo, permanecer alerta a cada acto político y tiene que ver cada acto político no como una rutina sino como algo nuevo y decisivo… pero no quiere.
Ése es el punto en el que el político amante de la libertad tiene que estar al quite, no puede descuidarse (porque si de descuida, los enemigos de la libertad conquistarán más y más parcelas de poder). En ese momento el político se hallará sólo, no tendrá al lado a su partido, ni a sus electores, parecerá que todo se le vuelve en su contra y llegarán horas de amargura, cinismo y desesperación impresas en las primeras páginas de los periódicos y difundidas por televisión. En momentos como esos el político tiene que comprender el hecho de que dicho trance es necesario y que darse cuenta de tal hecho es lo que le libera de las trabas psicológicas que se ha impuesto a sí mismo (ofuscación, animadversiones y adherencias) y que le incapacitan para librar los obstáculos que le salen al paso.
El político tiene que tener un conocimiento de sí mismo, si no lo tiene no podrá resolver su propio conflicto interno y si no resuelve su propio conflicto no podrá resolver el conflicto social. Nadie por encima de él puede venir a decir lo que hay que hacer; serán muchos los grupos que tomen o los medios, o las calles, o los centros de decisión, para imponer a toda la mayoría su propia voluntad minoritaria. Cuando el político lo comprende, comprende también el conjunto de las relaciones sociales (la relación social es en sí misma conflictiva), las respuestas ciudadanas, los movimientos de ideas, los intentos de las minorías por imponer sus criterios a las mayorías, la toma de conciencia colectiva y mayoritaria… Comprende observando sin que medie el interés personal o de grupo, sin evaluaciones ni interpretaciones sesgadas y aún sin ellas mismas; comprende que las cosas son así. Y cuando comprende este hecho crucial sin el baremo del prejuicio, entonces hay una oportunidad para el cambio. Se observan dos tipos de cambio político: el cambio impulsivo-coactivo, que viene dado por presiones e influencias que impelen lo social hacia una cierta dirección, y el cambio libre, que es ajeno a presiones externas y a modelos políticos prefijados.
El cambio libre requiere autoridad, esfuerzo y disciplina. No hay contradicción entre lo uno y lo otro, un rasgo de la autoridad, el esfuerzo y la disciplina es la flexibilidad: la capacidad de ser adecuado a las circunstancias. Hay muy pocas cosas que podemos verdaderamente compartir los seres humanos, una de ellas –si no la única- es la libertad. Hay que dudar, y dudar mucho, de toda ideología impulsivo-coactiva que pretenda unir a un pueblo bajo emotividades, devociones y adhesiones inmovilistas, aunque lo hagan bajo la propia divisa de la libertad.
Así pues el político es un hombre de cambio que cuando actúa es el ciudadano el que actúa. Si hay amor al prójimo en la política (y la política se inventó como remedio del garrote), es de suponer que ello nace de la libertad, del hecho de que es un hombre libre en la esencia misma de su ser: siente que puede servir a sus vecinos desde un lugar que no debe ser ocupado por nadie inicuo, corrupto o ignominioso. En todas sus actividades personales, en todos sus actos políticos, actúa entregado al pueblo, ama sin distinguir a los suyos de los otros. El político vive en estado de libertad, no es que tenga un ideal de libertad; lo primero es una realidad y una verdad, lo segundo es mera ilusión. Mira las cosas con perspectiva. No se limita a soportar o aceptar la problemática social y humana; sabe que una actitud limitada, carente de perspectiva, le generaría confusión en vez de libertad, que la confusión le llevará al conflicto, que el conflicto le llevará al deterioro físico y moral, y que de ahí sólo vendrá la decadencia o la destructividad: muchos problemas quedarán sin resolver porque no podrá pensar claramente y en vez de ver las cosas como son las verá según se las presenten.
Nótese que las actitudes políticas negativas que se mencionan surgen precisamente cuando la situación social no es crítica, es entonces cuando a causa del descuido o la rutina se forjan los peores hábitos políticos. De ahí que cuando llegan las situaciones críticas o el político ha sido capaz de observar atentamente para actuar con diligencia, eficacia, honradez e incluso elegancia, o el político se contenta (para desgracia de todos) con explicaciones, comparativas, medidas de carácter paliativo, respuestas consabidas, reacciones alígeras, pretendiendo pasar página con rapidez para no quedar en evidencia. Con tal de que no se haga patente la realidad de la crisis en la vida social, se las verá con crisis imaginarias que tratará de resolver mediante discursos persuasivos. Termina por pensar una cosa y sentir otra, decir una cosa y hacer la contraria. Perderá el respeto a sí mismo y no tardará en perder el respeto a la ciudadanía, primero a los que no le votaron y enseguida a los que sí.
Así que es obligación moral del político el prestar atención y cuidado a las propias respuestas y reacciones. Tiene que tener libertad para componer una línea coherente y cohesionada entre principios, medios y fines de sus actos políticos. Sólo así puede estar “en comunión, no sólo en comunicación” con el pueblo, en contacto directo con él, porque de él ha nacido y en él vive. Sabe que no puede actuar parcialmente, tiene que gobernar sobre todos y cada uno de los problemas, desde el primero al último, en todos los ámbitos y sectores, tomando en consideración la red de relaciones establecidas. En los momentos en que está en comunión con el pueblo, el político se desprende de la propia imagen, de su propio ego, de sus intereses privados o de partido. Cuando no lo está, al menos no ha de perder la comunicación.
Muchos que se llaman a sí mismos políticos consideran que la comunicación es el instrumento que les permite dejar las cosas como están. Sin embargo, la comunicación con el pueblo tiene como base la necesidad de un cambio que reforme del estado de las cosas y la firme determinación de mejorar las condiciones de la existencia humana mediante la adopción de iniciativas y medidas calculadas para el logro de dicho fin. El estado de cosas que se quiere cambiar bien pueden ser situaciones de hambre, injusticia, violencia, tiranía, crisis económica o social, o bien situaciones coyunturales de paro, inflación, impuestos, regulación de servicios públicos… Pero lo cierto es que nada susceptible de ser cambiado cambiará sin motivo. Los motivos pueden ser muy variados: pueden ser filantrópicos o egoístas, pueden estar fundamentados en el temor a perder lo conseguido o en el temor a no ser capaz de conseguir la situación ideal soñada; también puede tratarse de motivos inconscientes, aunque no parece razonable permitir que los motivos inconscientes sean los que guíen el cambio. Un cambio en el que predomina la comunicación, abandonando la comunión, se verá obligado a ser un cambio programado ideológicamente y responderá a los intereses parciales de sectores influyentes de la sociedad, difícilmente podrá entrar en comunión con el pueblo, sólo le queda la vía de la propaganda para prevalecer.
Dos cambios son posibles y el político debe escoger entre las alternativas. El uno contiene la necesidad y la suficiencia de las medidas políticas de reforma del estado de cosas, es utilitario, opera por turnos electorales, sólo interesa a la clase política y a sus comentaristas. El otro es profundo, un cambio en profundidad que se espera tanto en el político como en el ciudadano, mientras el pueblo lo hace suyo transformándose la estructura misma del carácter social. Si el político se decide por esta última alternativa, debe recordar esto: cuando el político vea que el ciudadano no quiere cambiar, y no querrá, entonces él tampoco lo hará y llegado tal caso todo estará perdido. Los ciudadanos han sido condicionados, se les ha regalado un estado de bienestar y no quieren molestarse en nada más. El ciudadano no quiere cambiar porque sabe que se verá en el compromiso de ser libre, tendrá que ejercer su libertad y ya se sabe el riesgo que eso trae consigo. Y entonces ¿qué decisión moral adoptará el político? Todo dependerá de si es o no un hombre libre, un hombre de cambio verdadero.
